Sin pensar


Cierro los ojos. La suavidad de la almohada me acaricia la cara, como un amante cariñoso que me mira en silencio.
Sin apenas notarlo, mi mente deja de trabajar, de hacerme preguntas, de recordarme tareas que me quedan por hacer. Mi respiración se va haciendo más pausada, y dejo el mundo terrenal para volar a aquel en el que Morfeo me espera, como todas las noches.
Abro los ojos, y veo con nitidez un cielo azul surcado por cientos de borreguitos de algodón que caminan hacia ninguna parte. Hay briznas de trigo en mi pelo. Tan sólo cuando me levanto soy consciente de dónde he caído esta noche. Estoy en el campo, he escapado de la ruidosa ciudad, plagada de caras y coches que nos ahogan con su humo. Alrededor de mi se abre un inmenso mar dorado, un mar que me cubre hasta las caderas, un mar que baila al compás de la brisa. Trigo espigado y esbelto que crece imperceptiblemente cada minuto, intentando tocar el cielo.
A lo lejos, un árbol solitario me invita a acompañarlo en la sombra. Es un árbol fuerte, curtido, con generosas ramas llenas de hojas. “Pobre árbol, aquí tan solo y aburrido…”, me digo.
Sin embargo, tan pronto como me siento a sus pies, me doy cuenta de que no está solo. Nunca lo ha estado. Y nunca lo estaremos. A través de las hojas lo veo, grande y espléndido,  observándonos a lo lejos. Ahí está su eterno amigo, el que nunca nos abandona, el que, a pesar de que no podamos verlo tras las nubes, siempre está.
El sol tardío se asoma por el horizonte, misterioso. La sombra que hace el árbol parece que se alarga, en un gesto de despedida hasta la mañana siguiente. Y siento lástima por él, que dormirá solo esta noche, de pie, con sus brazos estirados hacia arriba.
“No te preocupes,volveré pronto y te lo traeré otra vez, cuando las estrellas apenas se vislumbren en el cielo que se apaga”, le susurro, levantándome con la vista fija en el astro inscandescente. “Hoy, siento que puedo alcanzar el sol”.
Y empiezo a caminar hacia el horizonte, a correr, a dejar que todas las ramitas de trigo me hagan cosquillas a mi paso. Nada es imposible, me recuerdo por enésima vez mientras corro con más ganas que nunca hacia el sol. El límite es el cielo. “Y en los sueños, no existen los límites”, pienso con una sonrisa, convirtiéndome para el árbol en un punto cada vez más pequeño que al final se funde con el brillo de nuestra más preciada estrella.
Vuelvo a abrir los ojos. El sol se cuela por la ventana, inundando mi habitación. La almohada sigue acariciando mi cara. Y recuerdo lo que he soñado. Hoy, también siento que puedo alcanzar el sol.

Maçanet Marzo 2009.
Fotografía tomada por mi.