La Dama




La Muerte Roja había durante mucho tiempo despoblado la región. Nunca la peste fue tan fatal, tan horrible. Su avatar era la sangre, la roja y repugnante fealdad de la sangre. Eran unos dolores agudos, un vértigo repentino y luego un rezumar abundante por los poros y la disolución del ser. Unas manchas púrpuras sobre el cuerpo, y especialmente en la cara de la víctima, la proscribían del resto de la humanidad, privándole de todo socorro y de toda simpatía. La invasión, el progreso, el resultado de la enfermedad, todo era cosa de una media hora.

[...]Ella había venido como un ladrón en la noche. Y todos los convidados cayeron uno tras otro en las salas de la orgía, inundadas de un rocio sangriento, y cada cual murió en la postura desesperada de su caída.

Y la vida del reloj de ébano desapareció con aquella obra del último de esos seres alegres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las Tinieblas, y la Ruina, y la Muerte Roja, establecieron sobre todas las cosas su imperio ilimitado.





- Y aquí está mi hijo ``El domador de sí mismo'', junto a ''La criatura más bella de la noche''. ¿Y qué sucede? Nada. ¿Vés cómo sí? Te pusimos acertadamente tu nombre.
-Gracias por el piropo Señor.
-No era un piropo Lilith.
-¿Lilith? -[...]Soy Leila[...]