Un golpe de calor azota como un látigo en la frente que inmediatamente evapora todo el sudor que, como si de bestia de tira se tratase, carga.
Un grito a lo lejos, pide piedad. Pero en ese pasillo tenue nadie entiende de piedad, nadie entiende de gritar, ¿para qué?, eso solo supondría alargar más el purgatorio, mutilaciones sin censura y la máxima estrechura del umbral a la muerte de verdad. René ya no responde, el oxigeno intoxicado de cianuro que entra desde el otro lado de la puerta metalizada abrasa su ropa, y esta calcinada da paso a su translucida piel, que en minutos queda comida por el gaseoso titan. Los parpados cada vez pesan más, los oidos reproducen recuerdos antiguos de alguna balada de swing jazz, la retina también muestra filmaciones de antaño, a Dyanna junto al rhin al anochecer, ella y su nariz respingona siempre sonriendo, la ultima vez que la vi ya era un cadáver, su corazón palpitaba pero su cuerpo estaba muerto. Como ahora, que ironía, las ultimas horas de vida las pasamos ya muertos buscando el calor de días mejores, de un nuevo día.
